Las reconversiones se hacen cuando todo va bien: El caso de la empresa de pinturas
Pedro lleva toda la vida en el negocio familiar.
Su padre, don Andrés, lo fundó en 1942 en El Prat de Llobregat, Barcelona, vendiendo pinturas cuando España apenas salía de la guerra civil.
Desde entonces, la empresa ha crecido con solidez, hasta facturar 9 millones de euros al año y emplear a 50 personas.
Nunca han tenido grandes crisis; los números siempre han sido positivos y la plantilla ha estado estable.
Pero Pedro no está tranquilo. Tiene hambre. No de dinero, sino de futuro.
No quiere que la empresa se convierta en un museo de lo que fue, sino en un motor de lo que puede llegar a ser.
Y en la última reunión del consejo familiar, lo soltó sin rodeos, con la determinación que solo un dueño sabe hacer:
«Esto es como pedir dinero al banco: hay que hacerlo cuando no nos hace falta.»
Silencio en la mesa. Miradas entrecruzadas. ¿Por qué cambiar si todo va bien?
Esa es la gran trampa. Creer que si nada va mal, es que todo está bien, les dice.
Los números siguen en verde, pero el mercado ha cambiado. Hoy no basta con seguir, hay que adelantarse. Hay que crecer.
Pedro lo tiene claro: si no internacionalizan, si no salen a vender fuera, si no potencian el B2C, si no buscan alianzas, en unos años no quedará nada que gestionar.
Brasil, India, México. Mercados que crecen a dos dígitos mientras en Europa nos peleamos por décimas. Ahí es donde hay que estar. Ahí es donde la empresa debería haber ido hace años.
Los fundadores de estas empresas salieron a vender con una maleta y sin certezas. Ahora nos hemos acomodado. Pero el mundo no espera, y la competencia tampoco.
Pedro ve dos caminos. O se modernizan, o siguen esperando a que algo pase.
Y entonces suelta la última frase. La que deja helados a todos: