A las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Me meo de risa cada vez que leo que ya no se puede decir “gordo”.

Ahora resulta que hay que llamarlo “persona sin cuerpo normativo”.

¿Hasta dónde vamos a llegar con esta moda de disfrazar las palabras para no incomodar?

Y que conste que yo no tengo nada en contra de los gordos, ni de los feos, ni de los que tienen un Tesla.

Un feo es feo. Un calvo es calvo. Un cojo es cojo y un tonto es “el que hace tontadas”.

Y en los negocios, igual: Una empresa que pierde dinero no es una startup en fase de inversión, ni un futuro unicornio.

Es un mal negocio y punto pelota.

Y ojo, que no pasa nada.

El problema no es tener un mal negocio, el problema es no querer verlo.

Si no llamas a las cosas por su nombre, nunca podrás arreglarlas.
Porque para resolver un problema, lo primero es reconocerlo.

En la vida hay que rodearse de gente simple y práctica.

Los que no dan vueltas.
Los que no complican lo fácil.
Los que llaman a las cosas por su nombre.

Con ese tipo de personas, todo suma. El resto es marear la perdiz.

Mide. Simplifica. Gana dinero.
También en tus relaciones.

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