El tonto aprende de sus propios errores, el sabio aprende de los errores de los demás. – Otto von Bismarck

Vamos a ver, que esta frase tiene más chicha de lo que parece.

Primero, Bismarck no se andaba con rodeos. Lo dijo claro: el tonto es el que necesita darse la hostia para aprender. Ese que mete la pata, se pega el batacazo y entonces dice: “Bueno, por lo menos he aprendido algo.” Ya, colega, pero ¿cuánto te ha costado esa lección? ¿Tiempo? ¿Dinero? ¿Clientes? Igual la factura de esa experiencia es más cara de lo que pensabas.

Ahora, el sabio… el sabio juega en otra liga. El sabio no necesita tropezar porque está con los ojos bien abiertos. Mira a su alrededor, ve cómo otros se estrellan y piensa: “Vale, por ahí no voy.” Es como si tuviera un mapa del campo de minas porque ha visto dónde han pisado los demás. No es que sea más listo, es que es más espabilado.

Y ojo, que esto no va solo de evitar errores. Aprender de la experiencia de los demás también significa ver qué funciona y copiarlo sin complejos. No se trata de reinventar la rueda, se trata de saber qué rueda gira mejor y ponerla en tu coche.

Ahora dime, ¿tú qué tipo de CEO quieres ser? ¿El que aprende a base de golpes o el que aprende observando y va dos pasos por delante?

Aplicación práctica (vamos al lío):

  1. Rómpete menos la cabeza y abre más los ojos. Mira qué están haciendo otros en tu sector. ¿Qué les funciona? ¿Qué no? Aprende de sus cagadas y de sus aciertos.
  2. Rodéate de gente que sepa más que tú. Mentores, consultores, competidores, freelances… da igual. El talento no entiende de egos. Aprende de quien ya ha recorrido el camino.
  3. No tengas miedo de preguntar. La experiencia ajena es el atajo que necesitas. Pregunta, escucha y aplica. Eso no te hace menos capaz, te hace más inteligente.

En resumen:

Yo nunca he sido el más listo, pero siempre he sabido reconocer cuándo alguien tiene algo que enseñarme. Y te lo digo claro: el que aprende de sus errores es listo, sí, pero el que aprende de los errores de los demás, ese es el que gana tiempo, dinero y, lo más importante, tranquilidad. Porque al final, en los negocios, no se trata de quién es el más brillante, sino de quién sabe jugar mejor sus cartas. Y para eso, no hace falta ser un genio, hace falta saber mirar.

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P.D.: Otto von Bismarck fue el político prusiano que unificó Alemania en 1871. Conocido como El Canciller de Hierro, manejó la diplomacia europea como nadie, mantuvo la paz durante décadas y convirtió a Alemania en una potencia sin disparar un tiro de más. Un maestro en aprender de los errores… pero de los otros.

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